martes, 27 de noviembre de 2012

El vacio que espera


Por Roxana Torres Romero



  Y yo estaba parada ahí, mirando como ese grupo de personas tocaba música originaria de su pueblo, el nuestro, un pueblo escondido, tratando de reivindicar el arte indígena como arte en si mismo. La gente seguía con su camino, pasaban por al lado de ellos y seguían como si nada, no los escuchaban, y muy pocos se quedaban a escucharlos. El sonido de su música pasaba por los oídos de la gente y se iba, por un momento cada uno recordaba la música de su país, pero no recordaban que eran sus raíces. Era normal ya ver a todos escuchando música de otro lugar, algo cotidiano. De repente una señora se acercó al grupo y se quedo ahí, mirándolos, observando, miraba como la gente seguía de largo, y veía como ellos seguían cantando, a pesar de que muy pocos los escuchaban, se les notaba en la cara que lo hacían de corazón, queriendo solamente que los escuchen. Entonces la señora una señora mayor con una mirada muy pacifica y una discreta sonrisa en la cara se acercó a uno de los chicos y le hablo al oído, porque no dejaban de tocar, el sonido de los tambores era fuerte parecía detener el tiempo, y le pregunto que por qué tocaban ahí, que ella todas las mañanas pasaba por ese lugar y los veía pero que todas las mañanas era la misma situación, poca gente viéndolos y poco propina para ellos, y si acoso les dejaba alguna ganancia estar tocando ahí todos los días. Ellos le respondieron que no, tocar ahí, en la calle Florida, en medio de tanta gente y turistas no les dejaba casi nada de ganancia, pero eso no era lo que ellos buscaban. Le dijeron a la señora que lo que ellos querían era que la gente se siente identificada con su música, con la música de sus raíces porque Latinoamérica había pasado a ser en parte un calco de la cultura de otro país, muchos estaban mas compenetrados con la identidad de otro lugar, le dijeron que el que no quiere a su patria no quiere a su madre, que la tierra, nuestras raíces, nuestra vida acá es la sangre de nuestras venas, y una vida no se puede comprar, - ¡Nuestra tierra no se vende!.- exclamo con sentimiento y dolor.
La señora se había emocionado y cuando miró a su alrededor un grupo de gente estaba escuchando la conversación, miraban con un brillo en los ojos, les habían hecho recordar algo que muchas veces casi entierran muy en lo profundo. La canción que estaban tocando terminó y en ese lugar quedo un vacío muy grande, un silencio que era de reflexión, y un vacío que esperaba por las voces de todos para que el pueblo no se derrumbe, y si se derrumba, reconstruirlo todos juntos.

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